El capitalismo financiero, como expondrá Fernández Durán en el 2003, se ha perfilando en el siglo XX como un sistema liberado del peso peyorativo de término como “usura”, siendo entendido hoy no solo como “la” forma de entender las relaciones, incluso los deseos, sino como el mejor de los modelos posibles. El autor español Luis Cerrón continuará aclarando que “este sistema, teje sus propios procesos para construir socialmente una falsa idea de autonomía…, pero siempre dentro del corral, implica que cualquier proceso debe ser tenido en cuenta si genera beneficio”. Fernández dice que al centrar la inclusión social solamente en el trabajo como motor de cambio; entendiendo al trabajo como la forma capitalista de venta de la fuerza de trabajo y creación de las condiciones socioculturales para que el “público” acepte este proceso como perteneciente a una suerte de ascenso social en que la selección financiera despejará el terreno a los mejor preparados y excluirá a los peor preparados. Ahí es donde entra la educación, por partida doble: la educación como proceso productivo que puede comprarse y venderse, y la educación como única estructura que puede favorecer los procesos de adquisición de las habilidades que van a ser necesarias para desenvolverse en el mundo creado por tal sistema”
En el Tratado de la Constitución europea, los servicios públicos como la educación pasan a llamarse servicios económicos de interés general (SIEG), Enrique Diez dirá que no se trata de una modificación semántica, sino más bien de un giro importante en las competencias y en las responsabilidades del estado, y supone un viraje en las garantías y obligaciones que tenía respecto a la educación pública. Al empezar a ser calificada como “servicio” la educación pierde buena parte del valor que tenía cuando era considerada un derecho público. “La intervención del estado se considera legítima sólo para hacer gestión y para desarrollar las políticas puntuales que compensen algunos sectores más necesitados y no rentables para el mercado”, esto en el caso el español.
El discurso de privatización viene acompañado de la libertad de elección en un mercado libre, el derecho a elegir la universidad que se quiera “como si el acceso a la educación universitaria fuera siquiera una elección”. De esta manera se constituye “la cuadratura del círculo”; crear un mercado educativo sustentado sobre el dinero público, es decir desmantelar la universidad pública con sus propios fondos (Guarro Pallás, 2005), pues el estado debe financiar por igual a todas las opciones públicas o privadas, que según los ideólogos del neoliberalismo, dan más “oportunidades de elección” en libertad. Los centros educativos se han de esforzar para atraer a los individuos libres, adecuando la educación que imparten a sus clientes y financiadores potenciales, en fin se trata de establecer una lógica de mercado en el sector educativo.
Todo esto para dar un preámbulo de cómo es que configura la educación como mercancía a nivel mundial, con la globalización neoliberal, entendiendo a la globalización como la “profundización de la interdependencia económica, cultural y política de todos los países del mundo”, como el componente constituyente de la composición del capital mundial.
Mientras el sector privado en nuestro país se ha encargado de disponer su voluntad sobre el “libre juego de oferta y demanda”, se ha instalado el discurso de que el grado académico es un bien privado que privilegia el beneficio individual más que el bien social.
En el marco de la globalización neoliberal y las reformas del Estado ocurridas en las décadas del ochenta y noventa, los sistemas de educación superior son también receptores de renovadas exigencias de cambio. Y lo son debido a su responsabilidad en la generación y divulgación de conocimiento (en estos momentos el conocimiento constituye el principal “factor de desarrollo competitivo” en los países), así como en la formación de sujetos que sean creativos y “adaptables” al nuevo entorno.
A principios de los noventas, las cuestiones de evaluación, financiamiento e implementación de nuevas formas de gestión no estaban presentes en el conjunto de las agendas universitarias, aunque si lo estaban en el gobierno nacional. Dicha agenda es, en realidad, receptora de los temas que circulaban en la “agenda de modernización internacional” impulsada por la UNESCO, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Mundial y la GATTS (por sus siglas en inglés). Todos los procesos de la reforma deben formar parte de una política de estado, para lo cual lo más conveniente era configurar un marco jurídico que contenga los lineamientos del estado respecto a la educación superior, así surgirá CONESUP con la Ley orgánica de Educación Superior. El estado como garante de la educación pública va delegando esa función en la propia institución universitaria (búsqueda de recursos, autogestión) al mismo tiempo que asume un rol de control. Construye un discurso de “velar” por los intereses de la sociedad (entendida en los términos del mercado no del bien común) y fija una política de supervisión a través de los organismos evaluadores determinados en la nueva LOES para que se cumplan estos criterios determinados.
Sin embargo, debido a que la universidad está llamada a constituirse como un espacio de debate del conocimiento, permite la creación de pensamiento crítico que será el encargado de convertirlo en un espacio donde se genere una base ideológica de emancipación. El buen debate crítico unido a la organización estudiantil, que esté a su vez relacionado con los sectores oprimidos, con los sectores para lo que se debe producir, para la vida. Como arengaba Camila Vallejo a los y las estudiantes, en su discurso de posesión de la Federación de estudiantes chilenos, “debemos romper con aquella burbuja universitaria que instala el individualismo, la competencia y el exitismo personal como patrón de conducta para los estudiantes por sobre ideas y conceptos fundamentales como lo son la solidaridad, la comunidad y la colaboración entre nosotros”
La democratización se impulsará cuando el estudiante adquiera conciencia que es actor protagónico a través de la participación activa en la vida universitaria, éste como generador de conocimiento se vinculará al pueblo en la transformación social con la generación de conciencia y traspaso del conocimiento científico-técnico encaminado a la construcción de una sociedad justa y equitativa donde primen nuevas formas de relaciones sociales sin explotació.
Por: Paola Michilena
Jornadas de debate estudiantil, 3-5 octubre, 2011